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Extraño y pálido fulgor,
Héctor Tizón
Página/12, 12 de septiembre de 1999

“Era un hombre sin experiencia colectiva, lo que se dice un individuo”. Esta frase de Céline, que Sartre citó al comienzo de su novela La náusea, podría haber encabezado esta última de Héctor Tizón. Un hombre sin experiencia colectiva, entonces, lo que se dice un individuo, alguien a quien ni siquiera le está destinado su cuarto de hora de gloria, alguien que hubiera preferido ser poeta “en vez del hombre que había llegado a ser”, una especie de Joseph K. al que ni siquiera le ha sido dado el privilegio de un nombre, empleado y luego vendedor de la tienda de ramos generales al por mayor de J.J. Niemeyer (y el nombre recuerda el de otro Niemeyer, arquitecto, uno de los constructores de Brasilia, que aquí se empeña en intentar modelar, como un arquitecto de almas, en base a consejos y partidas de billar y paseos y visitas al prostíbulo del pueblo, a su heredero espiritual, a su aprendiz de la vida), lleva —debería decirse “carga consigo”— una existencia que la experiencia cotidiana fuerza a considerar normal, dado que no resulta ser ni más ni menos feliz que la de cualquier sujeto anónimo cuya única aspiración de trascender reside en la inclusión de su nombre en la guía telefónica.
Este personaje hace todo lo que hace falta para poder afirmar, al final de sus días, “no fui feliz”: se casa, se separa, pierde un hijo en un accidente callejero, y escribe poemas. “Si uno es un pobre desgraciado, un muerto de hambre, escribe poesía; si uno es rico, quiero decir, que ha hecho mucho dinero, una fortuna, también escribe poesía. Con lo cual se demuestra que la poesía es el fin y el principio de todas las cosas”. Tizón ha escrito la que tal vez sea su obra más nihilista. Si alguna desgracia hiciera que no volviera a emprender la pluma, sin duda quedaría para siempre ubicado a la derecha de Carlo Michelstaedter y a la izquierda de Ciorán, los dos grandes pesimistas de este siglo: “El que piensa no existe porque no piensa que vive. Sólo el moribundo vive, porque está consciente de que vive pero puede dejar de vivir”; “La muerte es un hecho inevitable, nuestra naturaleza es morir”; “Lo mejor de mi vida es el dolor”; “Todos comenzamos a morir cuando nacemos, porque no tenemos un día más en nuestra vida sin tener, también, un día menos en ella”.
Ese individuo sin nombre, esa desgracia ambulante, demasiado cobarde quizás para poner fin a su vida, probablemente porque de cioranesca manera sabe que siempre es tarde para suicidarse, un buen día encuentra en la habitación de un hotel de pueblo una carta dirigida por una mujer a otro hombre, un enigmático infeliz que poco tiempo antes optó por colgarse en la alameda de un pueblo perdido en la áspera provincia. La mujer que escribió esa carta decide abandonar la partida, y su lugar a su vez pasa a ser ocupado por otra Eva de la infelicidad, Clara, una pobre muchacha nieta de un “uxoricida” inimputable. Todo es así en este nuevo libro de Tizón, triste y desesperanzado hasta el límite de lo tolerable.
Con una lengua “alta”, pulcra, transparente, que transcribe con exactitud el horror de lo cotidiano, el mundo pequeño burgués con sus inolvidables mezquindades, Tizón escribió un libro que es a la vez una obra maestra y un testamento negativo, uno de esos regalos que trasuntan tanta inquietud y pesadumbre que hubiéramos preferido no recibirlo. Pero no se lee para ser feliz: todo lo contrario. En estos tiempos de escasez la misericordia es lo primero que se pierde, nos dice Tizón, y uno se pregunta qué clase de animal es el hombre cuando lee y la desgracia lo abruma.
La lectura de Extraño y pálido fulgor, además de ser inevitable para comprender el devenir de este autor argentino, de este Dante autóctono refinado y perverso, que odia la comedia y la farsa, que odia las vías intermedias, las medias tintas, los colores pastel, y que ama abandonar a sus personajes a los destinos terribles, a los coqueteos en blanco y negro, o a lo sumo grises, con la metafísica apocalíptica, vuelca su resentimiento y su profundo pesimismo en esta especie de “relato negativo”, o si se quiere, esta fábula, esta leyenda (“lo que debe leerse”) melancólica donde nada llega a realizarse, ni siquiera el encuentro fortuito entre dos seres que están destinados a amarse con la locura de los predestinados. “El amor puede nacer de la casualidad, de una equivocación o de una burla, de un desencuentro o de un encuentro furtivo, intenso e irrepetible”, dice Tizón, insistiendo en que la vida no es más que “un viaje interminable hacia la felicidad perdida”, un intento por “evadirse de la ira de los dioses, de la muerte y del tiempo”. Y en que al fin y al cabo el mundo “es como el despertar de un sueño desconcertante y prodigioso”.
El estilo de Tizón evoca el temblor de los recuerdos, la fuerza de los sentimientos y las herencias que los hicieron posibles, y devela en descripciones mortecinas la vocación instintiva de vivir a toda costa, a cualquier precio. No hay en una sola de estas páginas un impulso, una frustración, un proyecto vano que no pueda ser compartido. Tizón no es realista, porque no habla de la realidad sino de quienes inconscientemente la configuran; es anti épico, porque ni las opciones ni las frustraciones ni los desgarros que narra sirven para cambiar las existencias individuales. Extraño y pálido fulgor es más que una galería interminable de desencuentros y menos que una historia: es el maravilloso proyecto imaginario de un monumento al ser humano desconocido.